Al iniciar los ochenta tuvimos la efímera idea de organizar un taller literario a llamarse “El Personal”, junto con la publicación de un periódico que se llamaría “La voz del personal”. Por otra vía nos habíamos reunido ya en una experiencia de jóvenes poetas con la participación, entre otros, de Héctor Contreras López (quien estudiaba Letras y con el que compartí afición por la guitarra; haría su doctorado en New Mexico) y de Dana Gelinas (quien, al irse de Guanajuato con todo y su nombre completo de alejandrino con cesura, encontró destino en la vida y la poesía al lado de mi estimado Héctor Carreto, en la ciudad de México). Se incorporó también Eugenia Yllades (hasta la fecha dueña de los poemas y artista de múltiples intereses desde el textil, el canto, el teatro, la pintura y la poesía, así como la informática, reunidos todos en su actual Doctorado en Artes Visuales e Intermedia por la Universidad de Valencia). En otras oportunidades participó Javier Velázquez (gente de teatro a quien hemos mencionado hace unos días en esta misma bitácora).
Sin embargo, El Personal sólo se integró por los cuatro muchachos que compartíamos casa (que llamamos “La Casa del Filósofo”) siendo estudiantes en 1980, año en el que se nos ocurrió hacer un libro colectivo en el cual se pudiera leer cualquier texto sin saber la identidad del autor sino por una clave al final del índice. Huelga decir que lo hicimos y lo titulamos La mano en alto, sobre lo que no es necesario comentar más, pues el nombre definía el carácter. Lustros más tarde, ya en época de las computadoras, les pasé a mis otros tres colegas una copia del juvenil volumen para su diversión.
Los cuatro que constituimos aquella aventura éramos estudiantes de Filosofía. Arnoldo Cuéllar, quien cambió sus incipientes estudios de Químico por los de humanidades, los cuales suspendió para dedicarse al periodismo, primero como reportero en diversos diarios y luego como director de El Nacional (sucursal Guanajuato), que se convertiría en El Correo de Hoy, periódico que dirige hasta la fecha. José Mendívil, que militó en la izquierda democrática hasta llegar a la dirigencia estatal; concluyó luego su doctorado en Filosofía por la UNAM y ahora es profesor en la Universidad de Guanajuato. Demetrio Vázquez Apolinar, quien al término de los estudios retornó a su natal León con liga permanente al área de Extensión en la ciudad de Guanajuato, donde ha coordinado un peculiar “Laboratorio de Filosofía y Poesía”, aunque ahora se acaba de trasladar al Departamento de Estudios Culturales de la propia Universidad. El cuarto participante era yo.
Extraigo, del libro colectivo inédito La mano en alto, de 1980, un grupo de estrofas que escribí con la pretensión, en su momento, de caracterizar desde la poesía lo esencial de los componentes de El Personal; cada uno comienza con una aposición al estilo de las Vies imaginaires de Marcel Schwob:
EL PERSONAL
1
Demetrio Vázquez Apolinar, matador:
pintor de los lugares donde duerme,
albañil atravezado en un sueño de cruces.
Su foto anida en gruesos diccionarios.
Se le puede ver protegiéndose la lluvia en un paraguas.
2
José Mendívil, filósofo por gusto:
sus manos de trabajo le dan la sensatez a los caminos
y le cierran un ojo a los días que van pasando.
Su cara sonríe todavía, como si todo fuera poco.
3
Arnoldo Cuéllar, el grande:
el viajero de alturas y sin alas,
el que puede tomar el mundo en una mano
y pasarlo león por un aro de fuego.
Alguna vez pensó que todo caminaba y ahí está.
4
Benjamín Valdivia, enamorado improcedente:
asaltante de las horas y músico de ocasión,
brazo que llueve entre sorpresas.
Sus pies siempre tratan de pisar la tierra.
5
Acabamos de presentar al personal.
Hemos dejado fuera a los inciertos,
a los que no quisieron viajar,
a los ausentes,
a las que se prendaron para siempre en otros brazos,
a las que tuvieron alas para vernos partir
y, desde luego,
a los viajeros que van delante de nosotros.